David Dioses, de pasar hambre y dormir en un colchón de paja a ser llamado a la Selección Peruana

“Loquito, ¿escuché bien? ¿Convocaron a tu hermano a la Selección?”, le escribió un amigo por Facebook. “No, nada, escuchaste mal”, respondió Roberto casi al instante. El equivocado no era el amigo, sino él. A las 12:03 pm. del viernes 28 de agosto, Ricardo Gareca llamó a 19 jugadores a la bicolor. Con uno de ellos, el décimo tercero de la lista, compartía el apellido y la sangre, pero no lo sabía porque, aunque tenía la ‘tele’ cerca, Julio César, el mayor de los cuatro hermanos, estaba viendo Netflix.

Mientras el ‘Tigre’ mencionaba su nombre, David conversaba con algunos compañeros de equipo. El entrenamiento había terminado recién y, para ser sinceros, no fue de los que corrió a ver el celular para conocer la nómina. Con cinco partidos en el año, tres de titular –todos antes de la para-, y ningún antecedente con la blanqujirroja, sus ilusiones de ser convocado a la mayor eran nulas. De pronto, y sin entender bien lo que pasaba, otros jugadores de Municipal lo empaparon con agua y rehidratante. Tardó unos segundos en entender lo que los ‘profes’ y el fotógrafo le decían: estaba convocado a la Selección.

Verónica, en cambio, sí vio la conferencia de Gareca. No tenía idea de lo que pasaría, pero dejó el televisor encendido en el canal de la transmisión casi sin darse cuenta. De pronto, escuchó el nombre de su enamorado: David Dioses. De inmediato, le escribió a uno de sus cuñados. Cerca de la municipalidad de Carmen de la Legua Reynoso, en el Callao, los celulares empezaron a recibir distintos mensajes de amigos que confirmaban lo que ellos no habían escuchado: el hijo menor de Janet y Napoleón era una de las sorpresas de la convocatoria.

Punto de partida

David siempre supo que quería jugar fútbol. Casi todos en su familia lo hacían, aunque de forma amateur, y él tenía claro que iba por más. Soñaba con, algún día, llegar a Primera, pero también sabía que no era sencillo. Lo sabía porque, a sus 13 años, lo había vivido. Luego de hacerla de defensa central y marcador derecho en José López Pazos, de la Liga de Carmen de la Legua y en Deportivo La Punta –entonces rival de Cantolao-, llegó a Sport Boys. Era la oportunidad perfecta de hacer divisiones menores en un club que, pese a que atravesaba idas y venidas, significaba una buena vitrina a futuro.

Jesús Barco, de Universitario, y Aarón Torres, de Municipal, fueron otros de los chicos que pasaron de Deportivo La Punta a la ‘Misilera’. Ambos se mantuvieron en la escuela rosada un tiempo, hasta que continuaron su formación en Cantolao y la ‘U’, respectivamente. David, en cambio, no duró más de medio año ni pasó a otra escuela. Y no porque no quisiera, sino porque no podía. No hizo falta que sus papás se lo dijeran. Él solito se dio cuenta: el dinero no alcanzaba. Eran los pasajes y los uniformes de fútbol o la comida y los útiles escolares. Su sueño debía esperar.  

“Si no se me da, quiero que me ayudes a estudiar”, le dijo un día, hace siete años, a Roberto, su hermano mayor. David estaba ya en quinto de secundaria del Raúl Porras Barrenechea y, aunque en sus ratos libres jugaba en algunos equipos de Copa Perú y Copa Federación, como el AFE Cosmos, ya tenía, por si acaso, un plan B para su futuro. “Quería algo de computación”, recuerda Roberto, quien, entonces con 24 años, aún confiaba en el plan A. “Yo te ayudo, pero pa’lante”, le respondió.

El plan A era pasar unas pruebas para la reserva de Unión Comercio. Cientos de chicos llegaron al Club Zonal Sinchi Roca, en Comas. Todos, por supuesto, dispuestos a mostrar sus puntos fuertes para ser elegidos y viajar, al final del año escolar, a Nueva Cajamarca, en el departamento de San Martín. Raymundo Paz, DT de las divisiones menores, fue quien, tras probarlo como volante, le dio el visto bueno. Con 17 años, David se convirtió uno de los elegidos. Su sueño, ese que ya había esperado bastante, estaba a punto de empezar. Pero las noches durmiendo en colchones de paja, la convivencia con roedores y los días pasando hambre, también.

Lejos de casa

“¿Por qué lloran, si viene la otra semana?”, dijo Julio César, el mayor de los cuatro hermanos. Los otros dos, Roberto y Elizabeth, en cambio, no podían controlar el llanto porque confiaban en que su hermanito, el menor, se iba de Lima, como mínimo, una temporada. Ninguno tuvo razón. Aunque, a los tres días de irse, David llamó a casa porque echaba de menos a todos, pasó la valla de la primera semana. La del medio año, sin embargo, no.

Que tiró la toalla. Que no podía estar lejos. Que extrañaba demasiado. Todo eso pensó su familia. Y sí, era cierto que quería estar con los suyos, pero había más que solo un adolescente queriendo ver a sus papás, sobrinos o amigos. Mucho más. Vivir en el ‘Cuartel’, que es como llamaban a la casa hogar de Unión Comercio los casi 30 menores que vivían ahí, no era fácil. El lugar se dividía en tres pisos: el primero lo alquilaban, en el segundo dormían y en el tercero comían. Pero el problema no estaba en el espacio, sino en las condiciones.

“Nos daban tres tacitas de arroz para los 30. No alcanzaba. Teníamos que ingeniárnosla para comer todos. Esto no lo sabe nadie. Era duro. A veces no tenía para comer”, recuerda el ahora jugador de 24 años. El muchacho que, años atrás, había dejado de jugar para poder comer, ahora dejaba de comer para poder jugar.

Sus papás, claro, no lo sabían. “Yo les decía que quería regresar, pero no les decía que no tenía para comer, para que no se preocuparan. Siempre me apoyaban ellos, mis hermanos, mi padrino y las personas del barrio. A todos nos apoyaban nuestras familias, entonces juntábamos y comprábamos un poquito más para comer”, cuenta.

Entrenar en una loza deportiva, tener colchones de paja, camarotes de una plaza que se caían, compartir un mismo baño entre 30 y juntar monedas entre todos para tener comida no eran los únicos sacrificios. Además, debían luchar día a día contra algunos intrusos que se adueñaban del comedor.

“El tercer piso estaba lleno de maderas y había ratas ‘como miércoles’. Cenábamos y las ratas pasaban. A veces, algunos compañeros que estudiaban llegaban tarde y teníamos que tapar sus platos con ollas porque las ratas bajaban y comían la comida. Las personas de allá estaban acostumbradas, pero uno que llegaba de Lima les tenía pánico. Era horrible”.

Un paso hacia atrás… y dos hacia adelante

Mientras algunos de sus compañeros veían a sus familiares en el aeropuerto de Lima, durante las escalas previas a los partidos, él, ya con 18 años, sumaba seis meses en Nueva Cajamarca sin jugar. Eso, sumado a todas las complicaciones que vivía a diario, lo desanimaban. “Ven, nosotros te vamos a apoyar”, le dijeron sus ‘viejos’. Así, por tierra, volvió a casa, pero, aunque el reencuentro fue emotivo, algo no lo dejaba tranquilo: “Los ‘profes’ me decían que vuelva, que no me descuide, que saque adelante a mi familia. No me sentía bien, lo mío era entrenar”.

Una semana después de regresar a Lima, Unión Comercio llegó a la capital para jugar en el Callao. Con la delegación, viajó el presidente del club, Freddy Chávez, quien no dudó en contactar a Napoleón Dioses. “Su hijo tiene ‘madera’, pero ha sido irresponsable. ¿Cómo va a irse? Allá, si quieres llegar a Primera, te tienes que sacar la m… ¿Se queda o me lo llevo?”, le dijo. Y David, aun sabiendo que las complicaciones no desaparecerían, que pasaría hambre y dormiría en colchones de paja, decidió arriesgar, volver y pelear por un puesto en el equipo de la reserva con dos motivaciones de por medio. La primera, ver a su familia en el aeropuerto cada vez que hiciera escala. La segunda, ser, en algún momento, futbolista profesional.

En el ‘Cuartel’, las cosas cambiaron poco. Llegar a un acuerdo sobre el uso del baño era difícil, casi tanto como hacer alcanzar las tres tazas de arroz para todos. Lo que sí lograron, sin embargo, fue limpiar y ordenar todo, dejando el tercer piso libre de roedores.

Al año siguiente, David, ya con 19, empezó a ser considerado en la reserva. Y aunque el cambió no llegó con ningún sueldo de por medio, sí significó la posibilidad de encontrarse, eventualmente, con su familia. “Se mentalizó en salir en lista para poder vernos. Empezó a ser considerado y, cuando jugaba en otras provincias, tenía que venir al aeropuerto de Lima. Se quedaba una o dos horas esperando el otro avión, y nosotros íbamos para quedarnos con él todo el rato. Lo hacíamos siempre”, cuenta Roberto.

Las escalas en el aeropuerto y los esporádicos partidos en Lima le servían para extrañar menos y agradecer más. Aunque en su billetera tenía solo lo que le enviaban a San Martín, encontró una manera de retribuir a quienes lo ayudaban. “Nosotros, apenas teníamos, le mandábamos dinero. Las personas del barrio también lo hacían y él, como no tenía para devolver, les regalaba sus camisetas. Así mostraba su agradecimiento”, agrega su hermano.

La recompensa

Año 2016. Domingo 29 de mayo. Se han jugado 90 minutos en el IPD de Moyobamba y Unión Comercio vence 3-0 a La Bocana. Faltan solo instantes para el pitazo final de Kevin Ortega, y David lo vive desde la banca. Es la primera vez que el DT Walter Aristizábal lo convoca a un partido del primer equipo, pero él igual pasó la voz a su familia por si se daba lo que finalmente se dio: el ansiado debut.

“Había lesionados y yo ya entrenaba en Primera. Sumaba en bolsa de minutos y me dijeron que saldría en lista, pero no que iba a entrar. Finalmente, entré por mi ‘tío’ José Corcuera. Ese año solamente jugué 20 minutos en todo el año”, cuenta.

Fueron algo más de 30, en realidad, pero lo concreto es que, aunque no tuvo muchas participaciones, pudo mostrarse. Meses después, ya en 2017, comenzó a consolidarse: jugó 22 encuentros y fue titular en 15. En 2018 arrancó en 22 de los 23 que jugó, y marcó su primer gol en la profesional, ante Sporting Cristal. El próximo año, sin embargo, no fue el ideal: aunque estuvo en 33 juegos, el equipo perdió la categoría.

Noviembre y diciembre. Esos eran los meses que Unión Comercio le debía. Aunque él quería irse, y tenía propuestas, la directiva no lo dejaba. Los equipos empezaron sus pretemporadas y las ofertas, una por una, comenzaron a caerse. Era casi quincena de enero. La resignación estaba a punto de aparecer cuando, de pronto, un representante legal de la Agremiación de futbolistas le propuso ayudarlo a salir, pero necesitaba una cantidad de dinero que, en ese momento, no tenía.

“Todos correteábamos para buscar 300 dólares, porque eran casi mil soles”, recuerda Roberto. “Si no se da, ya no importa”, le decía su hermano menor. Pero se dio. Toda la familia se unió para conseguir el monto y cumplir el objetivo. Y se pudo. Con 23 años, David Dioses quedó libre y recibió un llamado de Víctor Rivera: “Quiero contar contigo”.

El mismo día que llegó a poner la firma, debía concentrar en el Colegio Humboldt de Huampaní. Y él, como si fuese el primer día de clases, llegó con toda su artillería: una mochila llena de ropa, artículos de limpieza personal y todo aquello que pudiera necesitar. “Qué, ¿tú te vas a Nueva Cajamarca otra vez?”, le dijo, en son de broma, uno de sus compañeros. “Hubieras traído tus chimpunes, nomás. Acá te dan todo”, agregó. “David había llevado un mochilón. Era la primera vez que se iba de Comercio, pues”, cuenta, entre risas, su hermano.

El llamado del ‘Tigre’

Cuando llegó a casa, mamá lloraba. Lloraba, pero no de tristeza, ni porque extrañara, sino porque su hijo, el menor de los cuatro, había sido convocado por Ricardo Gareca. Era la primera vez, y en una especie de microciclo, pero quién se atrevía a decirle a Janet que se calme. Quién, si el mismo David no podía controlar el llanto.

“Merecido lo tienes. Merecido. Dios tarda, pero no olvida, hijito. Orgullosos, estamos. Todos han llamado, están mandando saludos… tus tías, acá en el barrio, mi grupo de amigos… Todos, orgullosos de ti”, le dice su ‘viejita’. Y él escucha, pero no deja de llorar. Acaba de llegar del entrenamiento tras conocer la noticia. Ella lo abraza y habla. Él la mira y se seca las lágrimas. Y vuelve a llorar.

“Tengo que aprovechar esta oportunidad, seguir saliendo adelante, conseguir un mejor contrato y poder hacer lo que tanto quiero: regalarle, a mi mamá, su casita”, nos dice, tras conocer el llamado del ‘Tigre’ y terminar su curso de gestión deportiva.  

Días después, entrenará al lado de Jefferson Farfán, conversará por varios minutos con Ricardo Gareca y hasta será incluido en el ‘11’ titular de la práctica. Sabe que, para ganarse un nuevo llamado, debe seguir esforzándose. Sabe que es apenas un primer paso, que esto recién empieza. Pero en ese momento nada importa. En ese momento, mientras mamá lo abraza y él llora como un niño, nada importa. Los días sin comer, la ‘chanchita’ para la comida, las noches en colchones de paja, los roedores intrusos… todo, absolutamente todo, ese viernes 22 de agosto, ha valido la pena.